En 2020, la agroindustria fue uno de los pocos sectores que siguió creciendo, a pesar de los efectos de la crisis en varios segmentos de la industria. Según el Informe Macrosectorial Anual 2020, publicado por Costdrivers, una plataforma de inteligencia de mercado que mide indicadores y analiza proyecciones para los tomadores de decisiones en los sectores de compras y suministros, incluso antes de que estallara el Covid-19, los precios de la soja y del maíz ya se estaban acelerando debido a a los precios internacionales.
El elevado volumen de exportaciones, principalmente de soja y maíz, siguió favoreciendo el alza de precios, agravada por las restricciones de oferta en América del Sur. El azúcar, otro componente destacado de la producción nacional, fue el menos afectado en 2020, debido a la caída de los precios del petróleo. . Sin embargo, con la recuperación de los mercados y la estacionalidad del sector, los precios comenzaron a crecer nuevamente, pese a haber presentado el resultado acumulado más bajo del año frente a la soja y el maíz.
Para 2021, el Informe Macrosectorial Costdrivers pronostica una acumulación de precios más contenida para este año, con la soja alcanzando un máximo del 17,88%, mientras que el maíz se mantiene en el 21%. El azúcar debería presentar un aumento del 10,18% a diciembre/2021.
En 2020, el precio acumulado de la soja alcanzó el 74,19%, mientras que el del maíz alcanzó el 56,43%. El azúcar estuvo por debajo del 40%, finalizando diciembre con un acumulado de 38,16%. Para Igor García, economista de Costdrivers, el fenómeno de La Niña ha perdido fuerza desde finales de 2020, pero sus efectos aún se sienten, especialmente en la cosecha de maíz, por las escasas lluvias, lo que podría contribuir al aumento de los precios. El aumento de las exportaciones también es otro factor importante que respalda estas transferencias.
Sin embargo, estas expectativas están vinculadas a la situación fiscal actual. Si la reforma implica un aumento de impuestos al sector, existe el riesgo de que Brasil pierda competitividad en las exportaciones, además de que los precios de los alimentos aumenten aún más, perjudicando al consumidor final, afirma García.
Según el Instituto de Investigaciones Económicas Aplicadas (Ipea), el PIB de la agroindustria debería crecer un 3,2% este año y la producción también debería aumentar. Según previsiones de la Empresa Nacional de Abastecimiento (Conab), la producción de maíz debería aumentar un 9,1% y la de soja un 10,5%. Si el año pasado Brasil registró cosechas récord de soja, maíz y algodón, así como de caña de azúcar, en 2021 las cosechas también deberían mantenerse por encima de la media.
“En este escenario, la oferta y la demanda están en igualdad de condiciones, lo que debería contribuir a la baja de precios. Sin embargo, las exportaciones reducen el stock nacional, lo que aumenta los precios para el mercado interno y, en consecuencia, para el consumidor final, quien es el punto que más sufre esta volatilidad”, destaca el economista.
Si, por un lado, las exportaciones no pueden disminuir, ya que son esenciales para mantener positiva la balanza comercial del país, por el otro, recortar los aranceles a las importaciones es una forma eficaz de intentar reducir estas transferencias.
La medida gubernamental de reducir a cero los impuestos a las importaciones de soja y maíz para finales del primer trimestre de este año ayudó a mantener los valores estables. Pero, con el regreso de los aranceles y el flujo de exportaciones, la tendencia es que los consumidores sigan sintiendo el peso de la canasta básica.
La solución para una reducción significativa de precios en el mercado interno pasaría necesariamente por reducir los impuestos, además de reducir el gasto público. Es urgente que las reformas económicas y tributarias consideren no solo a los productores y las industrias, sino también al consumidor final, quien paga la factura, concluye García.